Por Héctor Ismael Sermeño
Especial para Trazos Culturales
Los seres humanos y, en general los seres vivos, por simple naturaleza, tendemos a la migración. Los antropólogos se preocupan mucho de los movimientos humanos, de dónde y para dónde se mueven y del resultado de tanto moverse. A El Salvador le sucedió durante el conflicto armado y le sigue pasando. Se conoce que un aproximado de tres millones de salvadoreños se movilizaron dentro del país y muchos fuera de él.
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Muchos libros de todo tipo se han publicado sobre el tema; películas de ficción y documentales, también han abundado. Pero ha sido en el teatro donde más y mejor se han manifestado los autores. Sin embargo muy pocos trabajos nacionales pueden ser catalogados como verdaderamente artísticos.
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Los migrantes se adaptan y desadaptan, destruyen y construyen cosmovisiones, las entremezclan y buscan sentidos a la vida, pasada y presente, también una razón de ser y para ser.
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Santiago Nogales, director, productor y dramaturgo nacido en España, pero ya salvadoreñizado, excepción hecha del ceceo, ha sabido captar el fenómeno de la migración reciente salvadoreña, esa que es la misma en Europa, Asia o África, es decir en cualquier parte del mundo, pero que las distintas sociedades particularizan con causas y efectos de una, la que emigra y de la otra, la que recibe.
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El brillante texto de «Ultima calle poniente» recuerda los de Norzagaray y Rulfo, guardadas las distancias, la dramaturgia supera cualquier obra salvadoreña de las últimas dos décadas, incluyendo, obviamente, las de los juegos florales (con minúscula) y esos certámenes aparecidos recientemente, de cuyos trabajos pobres y grises, no hay mucho que decir. Los de los juegos florales no se explican en teatro dado que, por origen y definición, dichos concursos solamente deben ser en poesía.
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Los parlamentos están cargados de metáforas increíbles, un poquito kafkianas a ratos, rulfianas a otros, en particular las referidas a la muerte y al ser y existir. Los caracteres poseen un especial interés, son intensos, fuertes, agresivos en positivo, con una indigencia que recuerda lo Buñueliano en el mejor y el mayor uso del calificativo.
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Definitivamente «Ultima calle poniente», es teatro de altura intelectual, artística y dramatúrgica, del que usualmente se dice que es imposible crear y montar en El Salvador. No es una peliculita de prostitutas, policías y mojados cayendo del tren, no tiene escenas de juicios y abogados corruptos, diseñados con torpeza. Es la construcción de un texto teatral pleno de poesía, dolor, alegría y particular cosmovisión que evitó los reiterados tópicos que se utilizan en propuestas de este tipo.
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El montaje está magnífico, uno de los pocos que han merecido ser estrenados en el maravilloso Teatro Nacional, cuya mediocre cartelera no ha levantado por la falta grande de calidad y amateurismo extremo, de los grupos que lo han solicitado, sin tener criterios mayores al de ser locales y «tener derecho». El trabajo de escenografía y luces le da una etérea plasticidad a la puesta en escena que da la sensación de ver una sucesión de lienzos y esculturas.
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Después de «Vecinas», prejuicios aparte, me parecía que la compañía Moby Dick, había alcanzado un elevado nivel de profesionalización, con todo lo que eso conlleva; sin embargo, con un sobresaliente y constante proceso de evolución, «Ultima calle poniente», supera cualquier otro trabajo de la misma compañía y, excepción hecha de otros tres o cuatro montajes, de muchos realizados este año y cinco atrás, con obras nacionales o de otro país, que piensan de una manera simplista y esquemática de lo que el teatro contemporáneo significa.
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Las actrices fetiche del director Nogales, realmente impresionan: La primera actriz Mercy Flores crea, nuevamente, un excelente personaje y demuestra ser de las grandes; esta salvadoreña es increíble en el escenario. Dinora Cañénguez , muy solvente sin lo extraordinario, pero acertada al mismo tiempo, justa en su papel y, por primera vez lo escribo, Rosario Ríos consigue, en esta ocasión, estar a la altura de sus compañeras; muy mesurada, creando personaje y entendiendo que no es la que más grita la que sobresale, da el tono exacto en voz y caracterización.
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No cabe la menor duda, «Ultima calle poniente», es de lo mejor en su tipo, durante este año trágico, el que pese a la fuerte crisis económica y de talento, ha sido bueno para el teatro en El Salvador.